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miércoles 18 de enero de 2012

Un lirio temprano

Ha nacido en un tiempo que no es el suyo, en un mundo que no está preparado aún para él, rodeado de frío y de peligros. Curiosamente es una ofrenda para El y ha terminado naciendo como lo hizo Jesús.

Desde los últimos días de Diciembre en los que experimentamos un leve incremento de las temperaturas, la vida comenzó a abrirse paso en el arriate del jardín de casa. Las altas matas que en esta época de año mudan sus hojas tornando el verdor habitual por un marrón seco y arrugado se veían extrañas. No sólo se encuentran frondosas, sino que, además, han comenzado a demostrar que guardan algo en su interior. Hace poco salió de entre ellas una vara espigada que prometía lo que luego ha sido un regalo temprano e incomprendido: el primer lirio del año.

Desde que nos propusimos sembrar el jardín con diversas plantas tuve muy claro que había dos cosas que no debían faltar: un naranjo (en mi caso es un gran limonero que aguanta mejor las bajas temperaturas de la zona) y unos lirios silvestres de esos de corte antiguo y de tonalidad muy oscura como los que toda la vida de Dios fueron acompañando a los pies del Cristo de la Misericordia (del Silencio). Acertadamente mi hija de tres años los llama “las flores del Señor”.

Hace ya muchos años, aquellos hermosos lirios que tintaban todo cuanto rozaban los recogían en una jornada de convivencia unos cuantos amigos del alma unos días antes de que fueran puestos en el calvario del paso sobre el que el Señor saldría a bendecir la ciudad. De todos, el encargado de ponerlos a los pies del más hermoso crucificado granadino era mi padre, que con un mimo especial, los disponía en alturas diversas en las dos piezas que abrazarían la cruz de taracea antigua.

Ese morado intensamente oscuro, casi de una tonalidad berenjena que con la falta de luz asimilaba ser negra, era el contraste perfecto y elegante para un calvario de clavel rojo intenso que se disponía acariciando cada flor para estimularla a abrirse... la ocasión no era para menos: eran ofrendas para un Rey.

Por aquel hermoso recuerdo de mi infancia, en esas mañanas nostálgicas de Jueves Santo correteando por San Pedro, quise siempre tener lirios de aquellos en mi jardín. El tiempo, su amabilidad y sus casualidades, quiso poco antes de que estuvieran sembrados que unos cuantos amigos me regalaran un hermoso azulejo del Señor para ponerlo junto al arriate. Aquella fue la nota sentimental que arrastró mi Pregón del Realejo… y el aldabonazo definitivo para cumplir mi viejo anhelo.

Desde entonces, cada vez que salgo al jardín, mis ojos dirigen la mirada hacia el azulejo en azul cobalto de mi Señor dormido y después buscan con mimo entre dos grandes matas de hojas desordenadas un atisbo de oscuridad morada que me haga sonreír. Y este año, la sorpresa ha saltado tan temprana que casi no podía creerlo.

El otro día, al acercarme para regar el árbol acompañado de mi hija, observé como sobresalían altaneras dos oscuras flores de aquella vara solitaria que anunciaba vida en Diciembre, y ambos nos llevamos una tremenda alegría: ya teníamos en casa el primer lirio temprano.

Cada mañana lo he observado desde la lejanía mientras le daban las primeras luces del día, esperando a que llegara el momento adecuado… y el momento llegó el pasado domingo, cuando recibimos en casa la visita de mis padres. Ya casi cuando se iban, salí al jardín, corté esa primera ofrenda de vida que anticipa una primavera de Pasión, Muerte y Resurrección, y se la di al viejo encargado de ponérselos antaño bajo los pies al que todo lo puede y todo lo perdona, al único y verdadero.

Atisbé la emoción en sus ojos, porque cuando contempla uno de ese color, a él también se le amontonan los recuerdos en esa cabeza ya plateada por los años… y conocedor de las heladas que se nos avecinaban y que lo matarían, le dije: “quién mejor que tú para disfrutar la hermosura del primer lirio del año, papá”.

Al día siguiente, cuando acudí a comer con ellos como hago habitualmente entre semana, me encontré ese lirio temprano puesto, con el mismo mimo de antaño, en una delicada violetera de cristal junto a la sempiterna estampa del crucificado que, para bien y para mal… ha marcado nuestras vidas.

Con quién mejor iba a estar…

3 comentarios:

  1. La de cosas que se despiertan en uno el ver esa flor morada; es curioso que algo tan débil como una flor, mantenga fuertemente arraigados los recuerdos más tempranos de nuestra mente, tan tempranos como el lirio de tu arriate...

    Que sigas mostrando muchos años a tu padre el primer lirio del año..

    Un abrazo

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  2. Los que el Señor quiera, abuelo... otro abrazo de vuelta :)

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  3. Lirios, siempre lirios... "las flores del Señor" qué bueno!! preciosa la espontaneidad de los niños.
    Ya queda poco para verlos a los pies de Él.

    Un abrazo.

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