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miércoles 14 de diciembre de 2011

Si supieras la hora

Hace tan sólo unos días que el destino quiso que un mal adelantamiento de un coche se llevara por delante la vida de dos personas a las que estimaba. No eran de esa lista imprescindible de “pretorianos” que son insustituibles en el senado de mis sentimientos, ni tampoco de esos amigos del alma que han sobrevivido a las décadas de cambios que todos hemos sufrido en nuestras carnes. No eran de los íntimos que han estado en mi casa como si fuera suya con cualquier pretexto… pero sí eran amigos de esos que se hacen rápidamente un hueco en la lealtad de uno cuando te los topas.

Eran dos buenas personas que el destino -el mismo que ahora les ha amputado el aliento- puso en mi camino hace unos años. Cosas de la casualidad, del trabajo y de las relaciones sociales que se van haciendo cotidianamente. El caso es que la crueldad de las circunstancias que han rodeado su desaparición a tan temprana edad me ha afectado más de lo que quizás hubiera podido suponer… y como casi siempre que algo me afecta, me ha dado por reflexionar.



Hace unos días que me acuesto y me levanto pensando en ellos: en la cantidad de cosas que habrán dejado pendientes; en las conversaciones que no pudimos completar; en los rastros cibernéticos que, como rémoras, se pegan a nuestras vidas (hasta que los he tenido que borrar del Facebook uno de ellos me aparecía constantemente como conectado); en los infinitos pagos que habrán dejado a medias; en las personas que habrán dejado huérfanas de su simpatía; en esa taza de café que se habrá quedado sin lavar en el fregadero después de un desayuno atropellado; en la última lista de la compra que se quedó sin hacer; en los regalos ojeados para los reyes de alguien querido que ya no serán adquiridos; en la esperanza puesta en un número de lotería para el día 22 de Diciembre… en fin, en todo eso que se debe haber quedado roto de un día para otro cuando alguien sale de su trabajo y no llega nunca más a su casa.

Y después de rezar por sus almas y por el descanso eterno de esta pareja que tanto se quería y que tan pegada estaba que hasta para morir no han podido prescindir el uno de la otra y viceversa, llevo días dándole vueltas a la cabeza sobre lo injusta y lo fugaz que es una vulgar existencia humana.

Hay que ver cómo nos calentamos la cabeza, la cantidad de problemas que le sacamos a todo, las preocupaciones estúpidas que nos corroen las entrañas, la dependencia absurda que nos creamos con determinadas cosas y personas que no merecen absolutamente nada la pena, y, en general, la cantidad de tiempo que perdemos en cosas estériles.

Ahora se ha popularizado en los cines una película de la factoría de Hollywood que sugiere un futuro no muy lejano en el que cada nacimiento tendrá aparejada una caducidad de tan sólo veinticinco años. ¿Perderíamos tanto el tiempo si supiéramos la fecha exacta de nuestro ocaso?. ¿Derrocharíamos tanto tiempo haciendo cosas que no nos gusta hacer, o intentando ser agradables con personas a las que no sólo no les importamos sino que además, cuando tienen ocasión, nos apuñalan por la espalda?. ¿Malgastaríamos el reloj siendo prudentes, cumplidos, formales, tímidos o adecuados?... o simplemente seríamos más animales y menos políticos. ¿Seríamos más auténticos y menos sociales?.

Evidentemente somos lo que somos unido al conjunto de nuestras circunstancias… pero si cada uno supiera la hora de la partida por anticipado… ¿seríamos iguales?. Y dándole una vuelta más a la tuerca, si no naciéramos con una caducidad conocida pero, por cualquier circunstancia ocasional, nos enteráramos del tiempo que nos queda… ¿qué haríamos con lo que nos queda por vivir?.

¿Qué querrías hacer tu si supieras que vas a morir pronto?. ¿Qué desearías no perderte?. ¿Qué cosa o persona querrías tener al alcance en esos momentos?. ¿A quién le confiarías tu último suspiro, tu último beso, tu última sonrisa dulce antes de cerrar los ojos para siempre sin esperar un nuevo amanecer?.

Cuando me quedo sólo, llevo días dándole vueltas a estas cosas… y yo ya tengo algunas de mis respuestas; respuestas que, por íntimas y personales, sólo han de ser mías y para mí, pero que os invito a que busquéis en vuestro interior.

Qué gran verdad es eso de que debemos estar siempre “vigilantes” porque no sabemos ni el día ni la hora…

P.D. Descansad en paz, Marcos y Carolina, pareja ya eterna.

2 comentarios:

  1. Me has dejado tocado, Monaguillo, tanto que en cuanto deje de escribir este comentario voy a ir a hacer una llamada que, ahora, se me antoja importantísima.

    Si supiera la hora, supongo que mi primera reacción sería de miedo, pero luego correría a absorber lo que me quedara de vida para ser feliz junto a los míos.

    Un abrazo, grande y fuerte, en el sentimiento, desde esta costa nuestra que tanto sabe ya de las cosas de ambos...

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  2. Somos humo... amigo. Sólo humo.

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