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viernes 23 de diciembre de 2011

Ese lazo invisible

Este costalero que hoy os escribe tiene ya el alma y el cuerpo curtidos por la experiencia. Os he hablado muchas veces a lo largo de tres años de lo malo que rodea a este mundo que tanto nos apasiona y nos inquieta: de sus infidelidades, de su falsedad, de sus frecuentes traiciones, de sus cambiantes motivaciones, del fácil olvido que se hace de quien estuvo y de repente deja de estar, de su ingratitud, de su excesiva tendencia a la rumorología, de sus faltas de respeto y de otras tantas cosas que, por mucho que nos guste estar debajo de los pasos, son ciertas y reales.

Todos las hemos sufrido y también todos las hemos blandido como armas usadas a nuestro antojo. Quien esté libre de pecado ya sabe lo que tiene que hacer.

Pero lo grande, lo mágico y lo especial que indudablemente tiene este mundillo es que, a la vez que uno es capaz de sufrir en sus carnes todo ese tipo de oprobios, a veces, se encuentra también con algunas satisfacciones que son tan superiores a las ofensas que compensan absolutamente tanta cicatriz.

No se si a vosotros os ha pasado que, en ocasiones, el simple trato que se tiene con los compañeros de palo os vincula de una forma única y especial que perdura en el tiempo por encima de la falta de trato continuado, por encima de la distancia y, a veces, por encima incluso del abandono por alguna de las partes del trabajo bajo la imagen que os unió.

A veces, entre personas que comparten de una forma tan brusca tantos momentos de intimidad, se crean unos lazos invisibles de afecto que van más allá de un simple trato correcto. Yo creo que detrás de ese lazo invisible está siempre la imagen del Señor o de la Virgen que hizo que coincidierais compartiendo gozos y sufrimientos, y que, a través de ella, ese vínculo seguirá manteniéndose siempre vigente.

No pasa con todo el mundo, pero cuando ocurre, justifica por sí solo tantos ratos de apretar los dientes y aguantar la embestida de la envidia, tanta decepción personal con algunas personas que se aprovechan de este hermoso mundo para intentar alcanzar la relevancia que no son capaces de obtener en la mediocridad de sus vidas cotidianas, tanta navaja afilada con la guadaña de la madrugada en la barra de un bar donde todos son buenos menos los que no están en ese momento y tanta falsa palmadita en la espalda cuando, de verdad, lo que se siente por dentro no es nada bueno.

Hace unos días, una persona que no es el mejor de mis amigos, que no me tiene entre sus números de teléfono de referencia, que me ve cuando se lo propone o cuando la ocasión encarta, que ni siquiera tiene mi misma procedencia sentimental en cuanto a cofradías se refiere… tuvo conmigo un detalle de esos que, ni se olvidan, ni pueden pasar desapercibidos.

El estuvo conmigo debajo de una imagen hacia la que nuestro amor nos ha mantenido vinculados haciendo que entre ambos, exista ese lazo invisible del que os hablaba: el con sus cosas y yo con las mías, yo con mis equivocaciones y él seguramente con las suyas, ambos con una existencia separada y distinta pero con muchas inquietudes comunes que, a través de esa imagen de María Santísima se canalizan hacia buenos recuerdos mutuos.

El poder vivir bajo Ella la experiencia de la dureza del palo y su gozo postrero cuando es la casta la que aprieta más aún el cuello a la madera para remediar nuestras penitencias particulares, nos ha unido de una extraña manera que ambos reconocemos y respetamos como tal, sin querer darle más vueltas a las cosas porque, sencillamente, no es necesario.

Ella nos llevó de la mano a su Hijo, encarnado en el pequeño relleno en un viril de oro que se pasea entre juncias y lágrimas cada mes de junio, cuando en Granada los campos necesitan su bendición para dar lo mejor de sí mismos. Y bajo la abstracción tremenda de una Forma que simplemente camina sin mayores pretensiones que las de tocar cada uno de los corazones de las personas que rezan a su encuentro, ambos hicimos también camino al andar.

Ese es nuestro vínculo y nuestra condena; esa es nuestra relación y nuestra satisfacción. Y eso ha sido suficiente para que, sin aviso previo ni espera de por medio, se acordara de mí para enviarme lo que alguno entenderá como un recuerdo cortés, un obsequio humilde o un pequeño detalle, pero que, para mi, no sólo ha supuesto una grata sorpresa, sino que además ha acentuado mi gratitud tanto con él como con la imagen que un día invisiblemente nos unió.

El otro día, el cartero con su habitual desidia, me dejó sobre la mesa un sobre blanco con mi nombre, y al abrirlo, en una inusual pero extraordinaria felicitación de navidad, esta persona me deseó lo mejor del mundo acompañando su detalle con un recuerdo de aquella imagen que creó nuestro lazo invisible hace ya algunos años.


Quién se iba a imaginar que dentro de un sobre blanco, un día cualquiera a una hora cualquiera, a través de un buen hombre y enviada desde un lugar donde se acordaban de mí por ese lazo invisible de ser su costalero… me devolvería la visita del domingo anterior mi Esperanza.

Gracias amigo. Mil gracias.

P.D. Desde éste, mi Convento, os deseo a todos y cada uno de vosotros una Feliz Navidad. Ya tenemos al Señor de nuevo entre nosotros. ¡Aleluya!

4 comentarios:

  1. AVEMARIA PURISIMA....
    FELIZ NAVIDAD GORDO, FELIZ NAVIDAD
    RAFALCALA

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  2. ¿Has visto de arte de felicitación?. feliz Navidad, rafita.

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  3. Qué bien te ha quedado el "rinconcito"...

    Un abrazo grande Álvaro

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  4. Feliz Navidad para ti y para todos los tuyos.
    Mis mejores deseos de paz, bien y salud.

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