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miércoles 28 de diciembre de 2011

El que guía nuestros caminos

Es muy normal que, con la que está cayendo, seamos un poco más propensos a bajar la mirada que a mantenerla en alto con firmeza.

Hay ocasiones en las que cuesta un mundo levantarse de la cama sabiendo de antemano que la jornada será dura y vana como las anteriores. Hay veces que incluso el más positivo pensamiento se enfrasca en esa espiral de incertidumbre que hace que nuestras vidas pendan diariamente de un hilo que nosotros no podemos manejar.

Es un hilo invisible que nos mantiene erguidos y activos. Algunos se lo endosan al azar; otros al destino; unos cuantos incluso a la propia capacidad del hombre de regenerar su vitalidad y su necesidad de ocupación… y otros pensamos que detrás de ese hilo invisible está la mano de un Dios que es alguien más que un simple hacedor supremo.

Yo no creo en un Dios ni justiciero ni olvidadizo: creo que es un protector divino que nos deja hacer y deshacer a nuestro antojo para que nosotros mismos seamos los que suframos o gocemos de las consecuencias de nuestras elecciones. Creo que está ahí, mirándonos con la misma parsimonia con la que un jubilado mira un atardecer en la playa, consciente de que tiene poco que hacer cuando llegue a casa.

Creo que disfruta viendo su obra, pero también creo que sufre cuando contempla el daño que nosotros mismos somos capaces de infringirnos. Justo por eso tuvo a bien enviarnos a su propio Hijo hace ya más de 2000 años, para intentar reconducir algunos caminos que andaban ya demasiado descarriados.



Lamentablemente fueron pocos los que comprendieron la figura y el mensaje. Y lamentablemente seguimos siendo pocos los que intentamos prestarle alguna atención que vaya más allá de nuestros propios disfrutes y vanidades personales. Nuestra complacencia nos hace confiar el hilo vital a las manos invisibles del Padre, pero no terminamos de entender que la tensión de ese hilo depende más de nosotros que de nadie.

Para algunos estos días son un mero trámite de paso de tarjetas magnéticas por lectores digitales para abonar las compras de sus regalos. Para muchos la navidad es hacer una interminable cola para ver un nacimiento público en el que se fijan más en la actividad de los pastores animados mecánicamente y en el efectismo de la noria con su agua bombeada que en quien espera el saludo acostado desde un pesebre.

Para mí, hace ya mucho tiempo que la importancia de la navidad radica en poder tener unos días en un rincón de casa a un niño acostado entre ramitas de ciprés y en besar con fuerza a los míos cada vez que el calendario nos sienta a la mesa. Para mí la única grandeza de estos días repletos de coloreadas bombillas de baja intensidad radica en que, por fin, y una vez más, ya está aquí el que guía nuestros caminos.

2 comentarios:

  1. Ya está entre nosotros, encima de una mesa bajo la foto de un longevo Nazareno; sobre un aparador de mármol blanco junto a su Madre, en el portal de cada uno de nosotros, para pedirle por lo que ha de venir que no es "moco de pavo"...

    Un abrazo

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  2. Es cierto lo que dices Monaguillo, como también es cierto, que para que nuestros retoños no solo vean en estas fechas,lo mas insano e impuro de sus Navidades futuras,pensando solo en los regalos que se les harán, estamos nosotros para incurcarles sobre lo que es la verdadera Navidad y que no solo hay vivirla cuando llegan estas fechas si no que todo el año hay que ser humildes, cariñosos,amables y bondadosos. Muchas gracias por recordarnos lo que realmente debe de ser la navidad.

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