Seguidores del Convento

viernes 9 de marzo de 2012

Compromiso

Hacía ya bastante tiempo que éste que habitualmente escribe en su Convento no presentaba un cartel de Semana Santa. El último que me atreví a presentar fue uno de aquella Tertulia Tres Potencias de la que formé parte durante muchos años y que, como casi todas en esta ciudad, terminó sucumbiendo a las relaciones personales entre sus miembros. Debe ser ley de vida…

El caso es que, cuando un día levanté el teléfono y escuché al otro lado a una voz conocida que me decía que no me podía negar, debo reconocer que me sentí un poco fuera de lugar. En su momento, no acerté a saber el por qué debía ser yo quien lo presentara, y simplemente obedecí y no me negué porque detrás de todo no había un grupo de colmillitos afilados que consumen sus horas cotilleando entre las bambalinas de la Semana Santa, o una Hermandad que no conoces y que te ves obligado a loar de peor manera que lo haría cualquiera a quien sí le tiene pellizcado el corazón. En este caso, detrás del ofrecimiento había una gran labor… y precisamente por eso no podía decir que no.

ASPACE es una asociación encargada de trabajar con personas con parálisis cerebral, que desde hace ya muchos años viene realizando un trabajo excepcional con esos renglones torcidos de Dios que nadie desea cuando recibe con alegría la noticia de un embarazo… pero que luego son capaces de robarte absolutamente el corazón haciéndote reflexionar muy seriamente sobre la banalidad de nuestros planteamientos humanos.

Ciertamente requieren unas dosis de paciencia, de tolerancia, de energía, de ilusión, de fe, de concentración, de esfuerzo y de trabajo superiores a los que ya uno debe tener de por sí para con cualquier criatura que viene al mundo. Todos son adorables y todos son trabajosos, pero si además una enfermedad atenaza sus reacciones, o su capacidad de desenvolverse o de integrarse en la sociedad, es necesario para su educación y formación un plus de corazón que en ASPACE se encargan de aportar generosamente.

Son malos tiempos para el voluntariado, para el verdadero compromiso con uno mismo y con los demás, para afrontar problemáticas ajenas cuando las propias ya nos consumen el tiempo… y encontrar a personas con la dedicación, la entrega, el valor y las bondades que tienen las que trabajan en este tipo de asociaciones, además de ser un regalo, requiere estar un poquito al nivel.

Probablemente yo no lo haya estado por mucho que lo intentara, pero conste a todos que es una de las cosas que he hecho con más cariño y con más sencillez, pensando que estaba precisamente destinada a un colectivo muy hermoso y muy agradecido con el afecto sincero.

Me ha gustado bucear en la Semana Santa vista por los niños, con esa mirada aún inocente que todos tienen, con esa curiosidad por saber, por preguntar, por disfrutar de todo cuanto se les ofrece, sin buscarle a las cosas los dobleces en los que nos entretenemos los adultos. Me ha gustado ofrecer un poquito de mí a todos ellos, siendo consciente de que es a ellos, a los niños y a las personas que, aún siendo físicamente adultas todavía piensan y reaccionan como niños, a los que el Señor quiere más cerca.

No quiere cerca a tipos enchaquetados que se limpian los lamparones de las solapas para ir de sarao cofrade en sarao cofrade, pero no se limpian los lamparones del alma; ni a conspiradores habituales de barra de bar; ni a los que le dan más importancia a ver su nombre etiquetado en una foto o adjunto a un texto que a estar simplemente acompañando un acto desde el anonimato. El Señor los quiere cerca a ellos… a los sencillos, a los inocentes, a los necesitados de amor, y para mí ha sido un verdadero placer poder presentarles un cartel más de los que deben anunciarnos a todos que el Mesías está a punto de llegarnos adentro.

La Semana Santa es algo más que bonitos cortejos en la calle, que cuadrillas macizas andando por derecho, que una sucesión de horarios ajustados, que la pura parafernalia que rodea a tanta belleza como sacamos de las Iglesias: la Semana Santa es la posibilidad que tenemos todos nosotros de realizar un verdadero acercamiento de Cristo y de María a la gente que pueda necesitarlos en su alma. Sin alma... el resto huelga.

Queda poco para ver al Señor por las calles, aunque, con cosas tan sinceras y tan sencillas como la del miércoles pasado, éste que os escribe, ya tiene la suerte de sentirlo más cerca.

Gracias por contar conmigo para estas cosas tan hermosas. Muchas gracias a todos los que buscasteis un hueco para estar allí con nosotros, y muchas felicidades a ASPACE por esta iniciativa que, espero, se repita en el tiempo.

miércoles 7 de marzo de 2012

La escalera del tiempo

Estoy escuchando la versión de “Tus Dolores son mis penas” que Jesús Sampedro grabara en el órgano de Saint Antoine de París, y creo que en éste momento es la perfecta banda sonora de mi estado anímico.

Hace unas horas he notado la pena en mis propias carnes a través de un dolor ajeno que me resulta cercano. Me ha bastado recorrer tres calles al cerrar mi comercio para toparme con la asquerosa y triste realidad que nos rodea masivamente, y que, en esta ocasión, ha afectado a un amigo de hace muchísimos años, tantos que, cuando nos conocimos, los dos éramos casi dos niños (él un poco más que yo).

Después de mucha lucha, de mucha ilusión, de mucho esfuerzo, de mucha entrega, de muchos sinsabores y de mucho insomnio, se ha visto obligado a cerrar su negocio. Un pequeño comercio como el mío, de los que están abocados a la desaparición para que tres arrendadores trápalas de locales y cuatro franquicias de ropa mierdosa se queden con el poco mercadeo que aún queda en el centro de las ciudades. Con los precios que tienen los alquileres y la mala baba que suelen tener los propietarios, es complicado que un autónomo pueda salir adelante en las circunstancias que estamos viviendo.

El cierre de su comercio no es un cierre más. Encima se ha visto obligado a empaquetar su vida de un día para otro, en diez horas, y salir corriendo de un local que él supo hermosear y por el que trabajó sin descanso durante muchos años. Un local que, para mi, es además un enorme cajón de buenos recuerdos, porque anteriormente estuvo alquilado por una persona que fue como mi segundo padre, y que traspasó el negocio a mi amigo poco antes de morir.

Aquel local es para mí un melancólico viaje al pasado: a pequeñas fiestas privadas de navidad entre amigos, a intensas jornadas de preparación cuaresmal de la cofradía que a todos nos unía, a eternas charlas taurinas en el mes de Julio comentando los encierros de San Fermín, a muchas tardes de visita cuando salía de clase para hablar de esto o de aquello…

Cuando a él se lo llevó un miserable cáncer de colon, mi amigo tomó el testigo de una actividad comercial hermosa y sacrificada, y mantuvo abierta aquella vieja tienda de toda la vida en la que yo crecí como persona… y de la que ayer me despedí para siempre. Ya nada volverá a ser lo que fue.

He bajado por última vez aquella escalera que comunicaba las dos plantas, y me ha parecido que, entre sombras, estuviera recorriendo la escalera del tiempo que me llevaba a otras risas, otros días, otras personas y otras conversaciones. He vuelto a entrar en el sencillo despacho de Tomás, del que aún conservaba Raúl su vieja mesa de madera, y su sillón de piel negra raído por el tiempo, y me ha parecido verlo sonreírme con aquellos ojos celestes cargados de chispa y aquella mala boca que gastaba… y me he muerto de pena un poco por dentro.

He observado lentamente un mural de devociones a las que mi amigo les ha rezado tantas veces, tantos días… delante de las que ha ordenado tantas facturas y ha hecho tantos papeleos para mantenerse a flote… y todas me han devuelto una mirada vacía, carente de explicaciones a los míseros tiempos que estamos viviendo. Y por un momento, en plena Cuaresma, he llegado a pensar de qué sirve tanto rezo, tanta estampa y tanta gilipollez, cuando la vida no espera a nadie, ni los que aparecen en las estampas median para que no nos llegue el desastre a nuestras vidas. Afortunadamente ha sido tan sólo un momento… pero lo suficiente para verme hundido.

Tanto que sé que no he dado la talla de amigo que se podría esperar de mí. Ayer no era el día para ponerme sensible delante del drama personal que estaba viendo. Ayer era el momento para intentar apoyar, para poner una media sonrisa y buscar la ventana que se abre detrás de cada cierre de puerta, para estar a su lado mientras recogía su vida en unas pocas horas y salía de su tienda como un paria… pero lamentablemente no he podido.

Me ha vencido la melancolía de ver de nuevo aquellas paredes pintadas de gotele rosa que se escondían bajo los paneles hermosamente superpuestos; me ha podido el sentimiento de abandono que transmitían las cajas de cartón vacías desparramadas por los suelos; me ha podido la profunda tristeza que se adivinaba tras los rostros serios de dos personas a las que quiero y que, recién casados, han visto truncadas sus ilusiones.

En medio de ese naufragio personal y laboral, me he sentido egoístamente sólo en el camino que ellos se ven obligados a abandonar y que yo prosigo con más pena que gloria, porque ya nada volverá a ser lo mismo: ni para ellos, ni para mi.

Ayer cerré para siempre esa escalera del tiempo que aunaba mi pasado y mi presente a través de los vínculos de amistad. Ayer la vida castigó con dureza a dos de los míos, y a través de sus dolores, como bien expresa el título de lo que escucho, mis penas han vuelto a aflorar como lo hace la humedad en una pared encalada.

No me queda más remedio que creer en mí, en la suerte, en el destino y en Dios, porque si no lo hiciera, no sería yo. Pero hay pruebas que hacen muy complicada la reconversión interior de la Cuaresma; hay injusticias que hacen muy difícil creer en lo que no se ve ni se conoce; y hay ocasiones en las que uno sólo acierta a sentirse inútil y miserable.

Estoy inevitablemente muy triste: en primer lugar por ellos, en segundo lugar por aquella tienda que fue como mi casa… y en tercer lugar porque sin ellos al lado, para mí no va a ser ya lo mismo.

Aún así, espero que el Señor esconda detrás de tantos rostros hermosos alguna pequeña esperanza para mi amigo Raúl, y que se acuerde de él para ponerlo en la senda que le permita sacar adelante su casa y su familia. Yo sé que ayer no estuve al nivel de amistad que él se merece, pero es que aquella tienda para mí era algo más que su trabajo… era mi particular escalera del tiempo.

P.D. Os quiero mucho, Inma y Raúl. Os voy a echar mucho de menos.

P.D.2. Me cago en todos aquellos cuyas decisiones y comportamientos hayan influido durante muchos años para que un autónomo decente tenga que malvivir para mantenerse con trabajo, hasta que llegue el hijoputa terrateniente de turno y lo desaloje echándolo a la calle. Nos encantará nuestro país… pero entre todos, lo hemos convertido en una verdadera mierda.

lunes 5 de marzo de 2012

El velo del templo

Está callada, como dormida en su belleza, ensimismada en sus pensamientos como si por ella pasara una noche eterna y profunda que consumiera sus horas.

La ciudad parece un esbozo, un leve siseo de esquinas iluminadas, de adarves que te vigilan desde la altura para corroborar que todo está en orden y calmado. La oscuridad impenetrable del cielo rompe su dictadura horizontal con una imponente mole de amarillentos que doran el infinito y dominan toda visión.

La Alhambra nos vigila desde su posición privilegiada, escuchando el cauce del Darro en sus faldas verdes, cuajadas de arboledas antiguas. Es como una guapa muchacha, que, sabedora de su hermosura, se mantiene firme en el posado para quedar inmortalizada en los recuerdos de un sin fin de anónimos admiradores. Nos cuida desde la altura de la montaña Sabika, la de las “rojas tierras” que le dieron color a unas de las murallas más famosas del mundo, y procura velar nuestros sueños para que resulten serenos.

Sin embargo, la ciudad sabe que dentro de poco quedará rota su calma nocturna por un armónico estruendo de cornetas y tambores, de melodías dulces que narran con sus acordes una historia de amor y odios, de traiciones, de injusticias y de arrepentimientos, con un falso final doloroso que, ya fuera del guión de los malvados, resulta ser una simple tapadera para un feliz punto de no retorno.

Granada vela armas desde la quietud de la Alhambra esperando la desgarradora tarde del Viernes Santo, día en el que, a las tres de la tarde, la Torre de la Vela asistirá atónita al momento en el que muera el Justo y se raje el velo del templo.

Apenas queda un suspiro…

viernes 2 de marzo de 2012

Ven a mí

Ven a mí si te sientes apesadumbrado, triste o sólo. Si necesitas un fugaz compañero de viaje al que poder contarle todo aquello que turba tus horas de descanso.

Ven a mí si has sabido reconocer tus errores y tus culpas. Si la Cuaresma te ha servido interiormente para renovar tus ganas de Dios, para retomar un camino que dejaste abandonado o para asumir que no siempre estás en lo cierto.

Ven a mí si tu mente pide penitencia para purgar tus pensamientos de infelicidades. Si no encuentras tu sitio en el mundo, ni tu amor correspondido, ni el sentido a ésta vida de puro tránsito.

Ven a mí si eres consciente de tus limitaciones. Si has sabido comprender que hay otras cosas importantes aparte de las que a ti te rodean. Si has entendido que no eres el ombligo del mundo y que tu ego debe ser algo secundario… eres tan sólo un simple grano de arena en la infinidad de una playa.

Ven a mí si ansías llorar sin que nadie te observe. Si tu alma te pide un rato de soledad anónima ceñida de esparto y revestida de lutos antiguos.

Ven a mí si te turban los ruidos y la velocidad. Si buscas ese espacio de concentración carente de estímulos externos que te haga reconciliarte contigo mismo y con lo que eres.

Ven a mí si quieres ofrecerte a los demás sin pedir nada a cambio. Si no eres un simple intercambiador de favores mutuos. Si valoras a las personas por lo que son y no por quienes son, por lo que pueden ofrecerte o por lo que tienen.

Ven a mí si deseas convertirte en luz del mundo y en sal de la tierra, en una intermitente luminaria que se bambolea en un severo tramo de espigados capirotes igualitarios. Si no vas buscando reconocimientos públicos, varas de mando o falsos galones que te sitúen por encima de nadie.

Ven a mí si quieres formar parte del paraíso en el que voy a convertir Andalucía dentro de treinta días. Porque yo soy aquel a quien rezabas balbuceando de pequeño; aquel que te acompañaba cuando enfermabas; aquel cuya sombra fue siempre un ángel custodio de tu cuerpo y de tu espíritu; aquel que se hizo hombre para que, personas como tú comprendieran que pese a ser humanos, y por tanto, pecadores, tienen la posibilidad de ser salvados por el amor.

Ven a mí… si tienes una fe verdadera.

miércoles 29 de febrero de 2012

La prueba de Tu existencia

Tú lo sabes, Dios: los hombres nos pasamos parte de la vida preguntándonos cosas que no sabemos, intentando comprender aquello que se nos escapa, dándole vueltas a todo eso que nos rodea y nos supera.

Tú lo sabes, Dios: dudamos como Santo Tomás de todo aquello que somos incapaces de alcanzar a tocar con los dedos. Dudamos incluso de lo que no deberíamos dudar. Somos una eterna cuestión sin resolver, que nos mantiene expectantes y nos sirve de acicate para tener alicientes en la vida.

Tú lo sabes, Dios: solemos darle importancia a las cosas que realmente no la tienen, y despreciamos miserablemente lo pequeño que nos rodea, lo que pasa inadvertido a la velocidad con la que guiamos nuestra existencia.

Tú todo eso lo sabes, Dios. Como también sabes que a todos nos termina llegando el momento de pararnos un segundo a contemplar cómo cae la tarde en el horizonte. Cómo una simple nube se puede convertir en un crisol de luces diferentes, de contornos esponjosos que parecen inertes pero, como todo lo nuestro… se mueven delicadamente para ir liberando al sol de su prisión inesperada y opaca.

Sabes que, en ocasiones, un simple atardecer nos hace transportarnos a sitios en los que no hemos estado, con personas con las que no hemos estado, con aromas que no hemos percibido, con brisas que no nos han besado el cabello…

Es entonces cuando, al contemplar un horizonte abrupto y un cielo cargado de nubes, advertimos la hermosura de todo cuanto has creado: un astro abrasador que va derritiendo los perfiles de las serranías, un ocaso de fragua que ni Vulcano hubiera soñado, un sereno espejo anaranjado que, con la lejanía del punto de fuga de luz, se va tornando a rosas palo, a lilas, a delicados azules que mueren en celestes esbozados y en grises.

Granada agosta su brillo de media tarde para dejar paso a una noche fría, limpia, serrana, con una luna creciente que va robándole minutos a la primavera que está por llegar y que la convertirá en un anciano vergel nazarí.

Para mí, estos atardeceres previos a la Pasión del Señor, son una verdadera prueba de Tu existencia… Dios mío.

lunes 27 de febrero de 2012

La espera

Se han pasado nueve meses del año volando ininterrumpidamente por el sur de África. Han recorrido miles de kilómetros cumpliendo el rito migratorio que los mantiene vivos: buscar esas templadas temperaturas que los haga alzar su vuelo hasta más de 2000 metros de altura.

Y ahora que el sol comienza a asomar tímidamente por el horizonte mañanero, transformando las blancas luces del invierno en un crisol de amarillos y dorados de medio día, emprenden el viaje desde los confines de la tierra para volver a sacar su abono primaveral en nuestras calles.

Se disponen ordenadamente en las cornisas, en los tejados y en las ramas de los árboles, guardando bajo las alas su particular acreditación sentimental para poder asistir en el mismo sitio privilegiado de siempre a esa historia de amor que está por llegarnos.

Ellos no saben hablarle a Dios como le hablamos nosotros rezando con los pies, o construyéndole interminables caminos de cera goteada, pero conocen de sobra la zancada del sevillano Gran Poder cuando regresa en la amanecida de la Plaza de San Lorenzo, o la elegante alegría en la salida de la granadina Esperanza por la soleada puerta de Santa Ana. Conocen perfectamente el movimiento de los arbotantes de guardabrisas en los pasos de misterio, el bufido hueco de un manto cuando recibe el aire de la levantá y se asienta en el pollero, el cimbreo metálico de los varales de un palio, el crujido áspero de la cruz del Señor en un monte calvario salpicado de lirios…

Ellos no sacan papeleta de sitio en ninguna cofradía, pero las conocen todas, con sus músicas y sus olores. Conocen el azul baratillero, conocen el magenta del Rescate, conocen la rigidez del ruán y el merino más confortable. Ellos saben cuándo pasa la primera y cuándo termina de pasar la última… y no se van a dormir hasta que las hayan contemplado todas desde su palco de cielo y ramas, de tejas y forja.

Lo hacen de forma natural e intuitiva, pero, sin comprenderlo, son tan fieles a la cita con la Pasión, la Muerte y la Resurrección, que no sabríamos entenderla sin sus trinos cuando la luz nace o se agosta.

Cuando comencéis a ver los vencejos ocupando las localidades de sus palcos celestiales, sabréis que ha finalizado la espera.

viernes 24 de febrero de 2012

Hosanna in excelsis

Si el camino de mi Cuaresma se inicia en mis ensayos de costaleros (como comentaba en la entrada anterior), el final de mi particular travesía por el desierto siempre viene marcado por Ella: la que ilumina mi firmamento de creencias y supersticiones, la que guía mis pasos desde hace muchos años… tantos que ya casi no caben en la memoria.

Mi Cuaresma se desarrolla en mi entorno, con mis obligaciones y mis derechos, pero día a día, encamina su desenlace para terminar respirando el aire húmedo de una Triana ya desposeída de azahares que sigue esperándome ver cruzar el puente para postrarme ante una de sus hijas más ilustres.

Desde que la ceniza nos devuelve a la tierra, mi mente va tachando fechas en el calendario para volver a desear ese reencuentro anual con el dolor cansado e inconsolable que la Estrella nos enseña. Son ya muchos los años que aprovecho su acercamiento a los besos para llevarle mis nerviosos labios a la mano, para ensimismar mis pensamientos en su belleza sublime, para soñar despierto con otras vidas no vividas, para poner a su servicio mi más sincero cariño.

Ella es ese amor bucólico que sabes inalcanzable y lejano. Ella es esa Madre que nunca me deja sólo cuando me encuentro perdido, cuando me siento triste, cuando necesito un apoyo en el que afianzarme...

Para mí, la Estrella es la plena justificación del Barroco por sí mismo, la verdadera explicación a la necesidad de las Cofradías en el mundo en el que vivimos, el pellizco íntimo que aviva mi alma, la hermosura hecha arte para acercarnos a una realidad que no comprendemos del todo.

Ella es una de las verdaderas razones para sentir en mi interior ese alborozo, ese "Hosanna in excelsis" que proclama su grandeza. Es Ella esa “alegría en el cielo” que aviva con una mecida alegre preñada de luces de candelería movidas a compás: esa armonía entre la plasticidad y lo adecuado.

Hoy os traigo lo que para mí es la meta de cada deseada Cuaresma: el lucero que nunca deja a oscuras la inmensidad de mi cielo.

Tempus fugit.